domingo, 13 de noviembre de 2011
EL SONÁMBULO DE VERDÚN
Un siglo de la historia de Europa que tan sólo dura el fugaz momento en que una bala sale de un fusil y llega a la frente de un soldado en los campos de batalla de Verdún. Las trincheras de la Gran Guerra; el derrumbe de la despreocupada e indolente Viena fin de siècle; la Praga mágica de autómatas y leyendas, atravesada por los totalitarismos; el campo de concentración de Terezín y la clínica de exterminio de Hartheim; el mundo de la demencia en Steinhof, la ciudad de los locos; cárceles de represión comunista en Bohemia.
Estos son los escenarios para la memoria del siglo XX que se suceden a través de una saga invisible que recorre todo un siglo de la historia de Europa, mientras un joven checo, Jaroslav, tras desertar del ejército austrohúngaro aguarda en las trincheras de Verdún el fin de la batalla y de la Gran Guerra.
(A la venta a partir del 15 de noviembre)
VIENA, LOS ÚLTIMOS DÍAS DEL IMPERIO
Klaus Werger acaba de atravesar la calle y ya se encamina hacia la Plaza de los Héroes, frente al Palacio Imperial. Da un pequeño salto atlético para subir el escalón de la acera. Sonríe. Ninguno de los transeúntes que a esta hora pasean por la zona podría interpretar cuál es la razón de su risa. ¿Una broma privada? Tal vez. Entremos pues en la cabeza de Klaus para desvelar este misterio.
¿Están cómodos? Sí, como si estuvieran en una acogedora sala de cine, porque de eso se trata. Incluso hay un vago olor a ambientador de musgo que no logra ocultar el de este sitio cerrado, con manchas de grasa en el respaldo de los asientos y sudores antiguos de espectadores que ya no existen. Ante nuestros ojos pasan imágenes filmadas de un personaje vestido de militar pomposo y rimbombante: guerrera blanca, la característica banda roja, el casco con plumas, la barba con enormes patillas ya encanecidas y los ojos azules y amuñecados. Cualquier vienés identificaría al emperador Francisco José como el personaje que aparece en estos fotogramas de documental y cuya figura atraviesa ahora la pantalla –en realidad el interior de la cabeza de Klaus Werger- y, ale-hop, salta, con ese brinco característico del emperador, conocido en todas las cortes europeas, gesto que enorgullece a los vieneses porque es toda una marca de raza, un retrato de la patria. Ale-hop y el salto elástico, viril, agilísimo del emperador que le da una impronta juvenil con ese leve movimiento que agita las plumas del casco. Ese salto imitado por los fanfarrones de la corte, por los funcionarios del imperio que creen pertenecer a una casta superior, la de los responsables de esta inmensa maquinaria austrohúngara.
Klaus Werger se ríe, efectivamente, del saltito del emperador. No es que tenga nada contra Francisco José, sólo es que no puede evitar la risa. ¿Ustedes han visto cuántos años tiene este hombre? Klaus tiene razón, aunque al burlarse del pobre anciano alimenta las historias jocosas que corren por todo el imperio y, lo que es peor, por las potencias extranjeras. Hay quien bromea diciendo que cualquier día el emperador se caerá y se romperá en mil pedazos y que será imposible recontruir su cadáver y cumplir con la tradición: enterrar las vísceras en la catedral de San Esteban, el corazón en la cripta de los Agustinos y el cuerpo en los Capuchinos. No, no debería hacer acrobacias a su edad. Es cierto que está ridículo. Parece que anduviera por calles de otro siglo.
FILMOGRAFÍA
REGENERATION (1997,Gillies MacKinnon)
Basado en la novela Pat Barker y guión de Allan Scott.
La película se desarrolla en un hospital psiquiátrico en el que residen diversos soldados traumatizados por los horrores de la Gran Guerra. La historia se centra en la historia del capitán William Rivers (Jonathan Pryce) -principal responsable del intento de recuperación de los internos- y los poetas Siegfried Sassoon (James Wilby), Wilfred Owen (Stuart Bunce) y Billy Prior (Jonny Lee Miller), que ha sufrido amnesia e inicialmente la pérdida de su voz como Klaus Werger en El sonámbulo de Verdún.
LA GRAN ILUSIÓN (1937, Jean Renoir)
Primera Guerra Mundial (1914-1918). Una obra maestra del cine mundial sobre la camaradería y las relaciones humanas que retrata el día a día de unos prisioneros franceses en un campo de concentración alemán durante la Primera Guerra Mundial. Cuando llegan al campo dos oficiales de la aviación francesa, son informados por sus compañeros de barracón de que están excavando un túnel para poder escapar de allí. Protagonizada por Jean Gabin, Eric von Stroheim, Pierre Fresnay.
LA VIDA Y NADA MÁS (1989, Bertrand Tavernier)
En 1920, terminada la Primera Guerra Mundial hace dos años, el comandante Delaplane (Philippe Noiret) está a cargo de reunir los datos de los soldados franceses declarados como desaparecidos durante la contienda. El estado francés planea construir un monumento en el Arco del Triunfo en París, que estará dedicado al Soldado desconocido y le encarga a Delaplane que elija entre los restos de los soldados que se hayan encontrado, y que no hayan podido ser identificados, a aquel que ocupará el sitio de honor en el monumento. Al mismo tiempo, se encuentra con una dama parisina de la alta sociedad, madame Irène de Courtil (Sabine Azéma), que busca a su marido desaparecido y una joven profesora, Alice (Pascale Vignal) que busca a su novio, desaparecido en la batalla de Verdún.
CAPITÁN CONAN, (1996, Bertrand Tavernier)
Basada en la novela de Roger Vercel. Aborda la vida de los combatientes franceses en el frente oriental
(frontera entre Grecia y Bulgaria) en 1918 y la postguerra tras la firma del Tratado de Versalles centrándose en las experiencias del teniente Conan (Philippe Torreton), un osado héroe de guerra y del teniente Norbert (Samuel Le Bihan).
VIEJA PRAGA JUDÍA (Josefov)
La primera partida consiste en extraviarse por el viejo barrio de Josefov, donde estuvieron las casuchas de la judería. Jaroslav apenas tenía tres años cuando las derribaron, pero cree recordar aquel laberinto de casas ahumadas, sucias de lluvia y tiempo. Adivina las esquinas que ya no existen, los pasajes que formaban un entramado de calles ocultas y que permitían perderse entre las casas.
Uno: tirar los dados.
Dos: seguir el azar.
Y Jaroslav tuerce tres veces a la izquierda hasta encontrar el lugar donde estuvo la casa del señor Machal, un ropavejero judío que arrastraba una carretilla, subía a todos los desvanes de Josefov y comerciaba con las prostitutas del barrio, que le vendían a buen precio prensas y cosas olvidadas de sus clientes.
El gueto se convirtió en un barrio de burdeles y tugurios cuando el rey José II permitió que los judíos abandonaran aquella ciudad insalubre dentro de de la ciudad. Los pudientes dejaron el gueto y se hicieron casas enormes en las afueras, mientras que Josefov se transformó en un pequeño círculo del infierno dentro de Praga.
AIRES DEL VIEJO VERDÚN
Esta bala cruel, que vaga solitaria entre el humo, los gritos y las bombas es una bala disparada hace mucho tiempo. Concretamente, el 12 de junio de 1916. Estamos en Verdún. Y el paisaje es una dantesca acuarela de babas negras de trinchera. Pero burlémonos de la velocidad de esa bala. Paremos este momento y vayamos atrás en el tiempo, quizás hasta el recuerdo de la infancia del soldado que está a punto de morir. O más lejos aún.
Cae una leve llovizna sobre Verdún, aunque ahora se asoma un tímido sol de luces turbias. Fritz coloca las postales sobre la mesa de la habitación de su hotel. Las postales muestran el Verdún bombardeado de la Primera Guerra Mundial. Ahora, en este amable y apacible presente –o tendríamos que decir futuro- parece imposible que algo así pudiera ocurrir.
Son veinte postales y quiere seguirles el rastro. Recorrer el itinerario de esas misivas que nunca llegaron. No sabe si lo conseguirá, pero si pudiera cumplir con el recorrido inacabado de estas cartas -quizás por culpa de la muerte de quien las envió o del caos de los servicios postales en tiempos de guerra-, estaría satisfecho. Le seduce componer el puzzle de los diálogos interrumpidos entre personas que ya no existen.
Fritz tiene un proyecto artístico: crear una instalación que recuerde aquella guerra olvidada. Ha recorrido el paisaje de las antiguas trincheras, los parapetos, las galerías y cuarteles subterráneos y los cementerios. Todos los cementerios de los héroes.
Busca huellas. Una galería de objetos que sugiera las miles de historias que no se contaron. Desde hace muchos años está obsesionado con la gramática de los objetos, con la entraña invisible que aguarda dentro de las cosas. En los campos de Verdún ha descubierto a estas alturas del olvido -noventa años- cartuchos, restos de mochilas, sacos terreros, una máscara de gas incompleta, una cizalla de zapadores, hasta cinco granadas de mano y un capote militar. Lo fundirá todo en un mural a lo largo de un angosto pasillo que sugiera el espacio agónico de las trincheras. Incluso ha compuesto un paisaje sonoro que evoca una inquietante pesadilla. Y un sistema que expulsará a través de un preciso mecanismo un hedor semejante al de la sangre seca mezclada con barro. Vapores sucios para simular el aire del viejo Verdún.
En la víspera, Fritz encontró una bota en el cercano bosque de Cumières. No ha podido dormir en toda la noche pensando en el soldado que tal vez siga caminando por los campos de Verdún buscando su bota, desgarrado por el dolor del pie de trinchera, la piel arrugada y el talón podrido por estar todo el día sumergido en los charcos del frente. Porque, ¿dónde están los que murieron en ese campo de batalla?
La bota está ahí, observándolo, contándole mil historias desde el otro lado. Fritz piensa entonces en la posibilidad de que el soldado sin nombre intentara enviar alguna de las postales que ha colocado sobre la mesa. Imaginemos que es la tercera por la izquierda. No, ésa no, la de la cuarta fila, junto al cenicero. Sí, sí, esa misma.
Veamos.
En ella se ve la curva del río Mosa y un banco solitario. Casi nada más porque el resto son ruinas. Claro que eso es sólo una apariencia. Acerquémonos más, como si pudiéramos pasear por esa vieja fotografía.
Hace frío dentro de la postal.
Debe de ser invierno en Verdún y estamos en plena guerra. Corre un viento que apesta a muertos y a pólvora. Es casi imposible de soportar. Hay una luz amarilla porque no hay que olvidar que paseamos por una estampa del pasado y todo es de color sepia, o blanquinegro, o matizado por cenizas húmedas. Deambulamos por un pasado muerto.
A la izquierda, se ve una casa sin fachada. Están aún en pie las paredes que separan las habitaciones, una cocina derruida en la que increíblemente permanece una sopera sobre la mesa, lienzos de imágenes desleídas por la lluvia y el aire de la intemperie, un calendario de futuros aniquilados y una máquina de coser cuyo pedal parece mover el viento furioso de la batalla. Si cerramos los ojos, podríamos sentir los sonidos del pasado, pero de un pasado anterior al de esta guerra. Un pasado en el que los habitantes de esta casa cenaban felices y despreocupados. Incluso suena una música lejana, risas, voces que apenas entendemos. Pero sabemos que pronto estarán calladas. Es terrible jugar con la ventaja de conocer el futuro del pasado.
Salgamos de la postal. Hay demasiada tristeza.
EL BERLÍN ANTERIOR A LA GRAN GUERRA
Klaus Werger vive feliz durante un año en la pequeña habitación de la Kluckstrasse, mirando el mínimo cielo berlinés desde la ventana que da al patio oscuro con olor a guisos agrios y orines, escribiendo curiosas crónicas de la historia berlinesa, enviando a su periódico en Viena artículos sobre los relevantes acontecimientos de esta ciudad orgullosa que ya está dibujando su futuro. Un Klaus que acude por las noches a los cabarets ahumados, con chicas hermosas y rubias, de piernas largas y húmedas de champán, con sabor a nicotina en las bocas rojas.
Debemos señalar que el Berlín que Klaus conoció es un Berlín que se perdió hace tiempo, que no podríamos reconocer porque desapareció por el horror que aún está por llegar. Aquellos días felices Klaus caminó por una ciudad orgullosa que exhibía su talento y modernidad, su infinita eficacia, su fascinación por el futuro. Era el Berlín triunfante que estrenaba el siglo que lo acabaría destruyendo.
Sin embargo, ninguno de sus habitantes podía intuir lo que ocurriría. Ni siquiera Klaus Werger, dotado para reconocer el pasado, pero torpe para adivinar el porvenir. Berlín era un niño mimado y consentido, un adolescente alterado por la fiebre de las hormonas, incapaz de estarse quieto, deseoso de conquistar lugares, de comerse el mundo. Un Berlín joven y fuerte, pero que bajo sus alfombras escondía ya un doble perverso que sólo esperaba el momento.
Muchos seguidores admiraban su capacidad para unir la insignificante historia de una de las esquinas de la Auguststrasse con la biografía mayúscula de Federico II el Grande, o su habilidad para indagar sobre lo ocurrido en un solar del que hacía mucho tiempo que se había perdido la memoria. Hubo sospechas de invención, de que aquel misterioso caballero Hinzelmann escribía historias apócrifas y que por esa razón, escondía su impostura tras un nombre falso. Pero, mientras Klaus vivió en Berlín, siguió publicando puntualmente sus curiosas historias berlinesas que hoy podríamos repasar en las hemerotecas.
Klaus comenzó a publicar extrañas historias sobre diversos personajes berlineses. Por ejemplo, reproducía el paseo matinal de Otto von Bismarck o el último recorrido que el poeta Chiller hizo por Berlín, ya con los pulmones necrosados y dejando un hedor de muerte en las calles.
PARÍS, UNA CIUDAD SUSPENDIDA EN EL VACÍO
Jaroslav recorre una Europa en guerra. Él mismo está asustado y quizás debería haber seguido con su vida anónima en Zurich, esperando que terminara esta maldita guerra, trabajando en silencio como un fantasma que intenta ocultar su sombra. Sin embargo, no sabemos muy bien por qué, una mañana Jaroslav decide abandonar la ciudad y encaminarse hacia Francia. Tal vez pretende dar un sentido a su vida o tener un final honroso que borre su supuesta cobardía en el frente. No refugiarse más, luchar por algo.
Así que Jaroslav hace su petate y se encamina al mismísimo París con la intención de enrolarse en la Legión Extranjera, llena de voluntarios que han decidido luchar contra alemanes, austríacos y turcos, contra la maquinaria de los imperios de la Europa Central, de ese ombligo por el que se desangra el viejo continente.
Jaroslav llega un día de enero de 1916 a París y ésa es, sin duda, una de las jornadas más felices de su vida. Durante tres días paseará sin rumbo por la ciudad, jugando en un tablero inmenso que a ratos le recuerda su querida y lejana Praga.
Uno: tirar los dados.
Dos: avanzar cuatro casillas.
Tres: ¿qué hacer ahora?
Podríamos describir aquellos días de Jaroslav en París como los de un borracho perdido que no sabe regresar a casa. Es más, si pudiéramos preguntarle, no recordaría nada. La reacción que sufrió fue semejante a la de una intoxicación etílica, pues no hizo más que recorrer las calles sin rumbo, como alguien a quien no le importa demasiado el futuro.
Quizás es que su propio destino estaba acostumbrándose al nuevo camino que debía recorrer, de ahí el delirio que envolvió a Jaroslav en esas extrañas jornadas. También es posible que el ambiente del París de aquellos días llevara a Jaroslav a desistir de su sueño embriagador. Cualquiera de los que vivieron en París durante la Gran Guerra definiría la ciudad como en una especie de letargo, de espera, de soledad y de silencio.
Una ciudad suspendida en el vacío.
No había animación en los cafés ni nada parecido a la legendaria vida noctámbula parisina. Dejaron de representarse las funciones de la Comedie Francaise, no había espectáculos en los cabarés y sólo se exhibía una patética y adulterada versión de La Vie de Bohème en el Jardín de las Tullerías, aunque permanecían abiertos algunos cines como el Cine-Magic, el Cinema-omnia-Pathé o el Cinema Palace, que poseía un piano que a Jaroslav le recordó su querido artilugio del viejo cine Ponrepo.
Es cierto que ya había pasado el pavor del año 14 cuando ante el posible asedio de las tropas del ejército alemán, se decidió poblar los jardines y parques parisinos de vacas para suministrar leche y carne a una población amenazada por el hambre. Pero eso fue antes de que la batalla del Marne acabara con la idea de que esta guerra iba a ser como las del pasado. Hacía tiempo que el conflicto –al menos en el frente del oeste- no avanzaba, sólo variaba unos metros para un bando u otro; la guerra estaba atascada por culpa de tanta carroña de trinchera. Esta eterna guerra de desgaste, esta condena a tablas en el juego macabro hacía que nadie viera el fin de la pesadilla, del bucle infinito de la muerte.
Comenzaban a transitar por las calles de París –y de todas las ciudades europeas- los primeros mutilados y los lutos envolvían a aquellas mismas parisinas que tanto se habían enorgullecido de sus vestidos a la moda. Sin embargo, eso no evitó que Jaroslav descubriera en ese París el París con el que había estado soñando durante toda su vida. Quizás fue su capacidad para imaginar cosas, para intuir las historias ocultas bajo las apariencias. Y él se daba cuenta de que este París atemorizado y sonámbulo no era más que fruto de un estado transitorio. Por debajo de este velo de muerte y miedo, seguía corriendo por cauces ocultos la ciudad de siempre, frívola y despreocupada. Un París que siempre resucitaba. Lo había hecho durante siglos, por qué no una vez más.
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