domingo, 13 de noviembre de 2011

AIRES DEL VIEJO VERDÚN



Esta bala cruel, que vaga solitaria entre el humo, los gritos y las bombas es una bala disparada hace mucho tiempo. Concretamente, el 12 de junio de 1916. Estamos en Verdún. Y el paisaje es una dantesca acuarela de babas negras de trinchera. Pero burlémonos de la velocidad de esa bala. Paremos este momento y vayamos atrás en el tiempo, quizás hasta el recuerdo de la infancia del soldado que está a punto de morir. O más lejos aún.


Cae una leve llovizna sobre Verdún, aunque ahora se asoma un tímido sol de luces turbias. Fritz coloca las postales sobre la mesa de la habitación de su hotel. Las postales muestran el Verdún bombardeado de la Primera Guerra Mundial. Ahora, en este amable y apacible presente –o tendríamos que decir futuro- parece imposible que algo así pudiera ocurrir.

Son veinte postales y quiere seguirles el rastro. Recorrer el itinerario de esas misivas que nunca llegaron. No sabe si lo conseguirá, pero si pudiera cumplir con el recorrido inacabado de estas cartas -quizás por culpa de la muerte de quien las envió o del caos de los servicios postales en tiempos de guerra-, estaría satisfecho. Le seduce componer el puzzle de los diálogos interrumpidos entre personas que ya no existen.
Fritz tiene un proyecto artístico: crear una instalación que recuerde aquella guerra olvidada. Ha recorrido el paisaje de las antiguas trincheras, los parapetos, las galerías y cuarteles subterráneos y los cementerios. Todos los cementerios de los héroes.
Busca huellas. Una galería de objetos que sugiera las miles de historias que no se contaron. Desde hace muchos años está obsesionado con la gramática de los objetos, con la entraña invisible que aguarda dentro de las cosas. En los campos de Verdún ha descubierto a estas alturas del olvido -noventa años- cartuchos, restos de mochilas, sacos terreros, una máscara de gas incompleta, una cizalla de zapadores, hasta cinco granadas de mano y un capote militar. Lo fundirá todo en un mural a lo largo de un angosto pasillo que sugiera el espacio agónico de las trincheras. Incluso ha compuesto un paisaje sonoro que evoca una inquietante pesadilla. Y un sistema que expulsará a través de un preciso mecanismo un hedor semejante al de la sangre seca mezclada con barro. Vapores sucios para simular el aire del viejo Verdún.
En la víspera, Fritz encontró una bota en el cercano bosque de Cumières. No ha podido dormir en toda la noche pensando en el soldado que tal vez siga caminando por los campos de Verdún buscando su bota, desgarrado por el dolor del pie de trinchera, la piel arrugada y el talón podrido por estar todo el día sumergido en los charcos del frente. Porque, ¿dónde están los que murieron en ese campo de batalla?
La bota está ahí, observándolo, contándole mil historias desde el otro lado. Fritz piensa entonces en la posibilidad de que el soldado sin nombre intentara enviar alguna de las postales que ha colocado sobre la mesa. Imaginemos que es la tercera por la izquierda. No, ésa no, la de la cuarta fila, junto al cenicero. Sí, sí, esa misma.
Veamos.


En ella se ve la curva del río Mosa y un banco solitario. Casi nada más porque el resto son ruinas. Claro que eso es sólo una apariencia. Acerquémonos más, como si pudiéramos pasear por esa vieja fotografía.

Hace frío dentro de la postal.
Debe de ser invierno en Verdún y estamos en plena guerra. Corre un viento que apesta a muertos y a pólvora. Es casi imposible de soportar. Hay una luz amarilla porque no hay que olvidar que paseamos por una estampa del pasado y todo es de color sepia, o blanquinegro, o matizado por cenizas húmedas. Deambulamos por un pasado muerto.
A la izquierda, se ve una casa sin fachada. Están aún en pie las paredes que separan las habitaciones, una cocina derruida en la que increíblemente permanece una sopera sobre la mesa, lienzos de imágenes desleídas por la lluvia y el aire de la intemperie, un calendario de futuros aniquilados y una máquina de coser cuyo pedal parece mover el viento furioso de la batalla. Si cerramos los ojos, podríamos sentir los sonidos del pasado, pero de un pasado anterior al de esta guerra. Un pasado en el que los habitantes de esta casa cenaban felices y despreocupados. Incluso suena una música lejana, risas, voces que apenas entendemos. Pero sabemos que pronto estarán calladas. Es terrible jugar con la ventaja de conocer el futuro del pasado.
Salgamos de la postal. Hay demasiada tristeza.




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